La política del disenso. La "polémica en torno al monarquismo" (México, 1848-1850)... y las aporías del liberalismo.
ELÍAS JOSÉ PALTI (comp.)
México: Fondo de Cultura Económica, 1998.
La antología que nos ofrece Elías Palti analiza un tema fundamental para la historia mexicana del siglo XIX: la polémica sobre los fundamentos del sistema político, de las instituciones sociales y de la nacionalidad mexicana (1849-1850). He de confesar que el abuso que se ha hecho en nuestro medio de la publicación de selecciones documentales me ha convertido en su enemiga, pero la revisión de la presente antolog ía me lleva a reconocer que se trata de una antología bien realizada y con una introducción que ofrece interesantes reflexiones sobre el pensamiento político del siglo XIX mexicano. Por su concepción y organización resulta, además, de utilidad para la docencia.
La introducción de Palti no tiene desperdicio. La polémica con motivo del monarquismo se generó al aparecer el periódico El Universal, que se convertir ía en órgano de difusión del partido conservador. El sofisticado marco conceptual del compilador le hace hilar fino al analizar las ideas que se discuten, y su buen conocimiento del contexto histórico le permite comprender hasta qué punto la polé mica que le ocupa contribuyó a definir los partidos que se enfrentarían en la guerra de Reforma.
El compilador comienza por recordarnos que en México --al igual que en Estados Unidos-- el liberalismo, sin perder su vocación de ideología universal, se transformó en sinónimo de la nacionalidad mexicana. Para ello, sus principios tuvieron que adquirir una vaguedad que les permitiera abrigar a "las más diversas corrientes polí ticas". Este fenómeno, tan útil para la vida política, iba a convertirse en un gran obstá culo para la comprensión del siglo XIX, pues al alcanzar el triunfo en 1867, los liberales patrocinaron una interpretación "oficial" de la historia, que enraizara a su partido en el pasado "mexicano". Esta versión, transmitida a través de la escuela, ha hecho necesario que los investigadores mismos tengamos que desaprender afirmaciones que, machacadas por la historiografía de más de un siglo, han llegado a ser "verdades" aceptadas. Éstas no sólo han permeado las obras de los historiadores mexicanos, sino también la de los extranjeros.
Palti considera que el material que incluye en la antología representa "un segmento fundamental para comprender la historia política e intelectual de México (y América Latina en general) en el siglo pasado", ya que la discusión que es centro de su interés hizo aflorar los problemas inherentes a la fundación de los nuevos Estados y los sistemas políticos experimentados a partir de la independencia. Aunque el principal vocero del partido conservador resulta ser Lucas Alamán, el pensador e historiador más importante de la primera mitad del siglo XIX mexicano, el programa de los monarquistas distó de tener consistencia. No obstante, según el compilador, los monarquistas tuvieron la habilidad de hacer que los republicanos liberales tuvieran que enfrentar sus propias contradicciones.
El monarquismo se planteó como la primera alternativa de gobierno para el nuevo Estado, pero la masonería, el regionalismo y los viejos insurgentes relegados por el Emperador Agustín de Iturbide lograron vencerlo en 1823. Esto no obstó para que el monarquismo permaneciera como una alternativa viable hasta 1867, como bien ha mostrado don Edmundo O´Gorman. Por otra parte, España, que no se resignaba a perder totalmente a su reino más rico, patrocinó diversas conspiraciones para restaurar a su dinastía en un trono mexicano, en especial durante los años veinte y cuarenta. De todas maneras, no fue sino hasta 1840 cuando se hizo una primera proposición monarquista abierta y por escrito. Ésta fue el producto de la desilusión ante los tristes resultados de los experimentos políticos mexicanos: el intento moná rquico autóctono, los dos intentos republicanos, federal y centralista. Convencido del total fracaso, José María Gutiérrez de Estrada, destacado político y diplomático liberal moderado, dirigió una carta al presidente Anastasio Bustamante para proponerle una solución: reunir una convención para discutir "un ensayo de verdadera monarquía en la persona de un príncipe extranjero". Por ello, Palti inicia su antología con esa carta, como antecedente del monarquismo posterior. Pero el escándalo que se produjo no lo generó la carta, sino la serie de artículos que, más tarde, Gutiérrez de Estrada publicaría en la prensa para explicar su proyecto. En ellos ponía al descubierto el plan que preparaba el ejército para instaurar la dictadura con Bustamante y otros dos generales encabezándola. El furor con que reaccionaron los militares hizo que Bustamante mismo se sintiera obligado a definir públicamente su posición antimonárquica.
Espantado ante una reacción tan violenta, Gutiérrez temió que su vida corriera peligro y decidió autoexiliarse a Europa, donde dedicó el resto de sus días a buscar la forma de instaurar la monarquía en México. Los hechos mostraron que la conspiraci ón delatada por Gutiérrez era real y, en 1841, el ejército instauró la dictadura de las Bases de Tacubaya.
El análisis que nos ofrece Palti de la polémica es convincente, a pesar de que todavía acepta acusaciones partidistas contemporáneas. Entre éstas, considerar conservador el proyecto de Francisco Sánchez de Tagle (de 1835-1836), por ser centralista. El extravagante proyecto de las Siete Leyes fue un intento liberal para dar respuesta a los problemas planteados, en la práctica, por la Constitución de 1824. Los proyectos independentistas texanos y el desafío zacatecano a un decreto del Congreso nacional despertaron el temor de que el federalismo estuviera provocando la "fragmentación territorial". Esto permitió a los centralistas convencer a los federalistas moderados de la necesidad de redactar una nueva Constitución, en lugar de llevar a cabo la reforma de la suprema ley federal.
La polémica de 1849-1850 resulta interesante no sólo como confrontación a las premisas liberales, como destaca Palti, sino también como corolario de la carrera de Lucas Alamán. El ilustre historiador había iniciado su carrera política nada menos que en las Cortes de 1821, y formó parte del grupo que presentó la alternativa autonomista como solución para la insurrección americana. A su regreso a México en 1823, fue elegido Ministro de Relaciones, cargo que ocupó hasta 1825 y repitió en 1830-1832 y en 1853. Como liberal gaditano, durante el Constituyente de 1824 se inclinaba por el centralismo; después de enfrentar los problemas que causaba la debilidad del gobierno federal y, en especial, del ejecutivo, su preocupación se centró en fortalecerlos. Lo intentó durante su gestión de 1830-1832, cosa que despertó acusaciones de imponer el centralismo, lo cual es falso, pues era demasiado prudente para desafiar el orden constitucional y el federalismo del vicepresidente Anastasio Bustamante. En 1845, desilusionado del sistema republicano, participó en la conspiración para establecer una monarquía constitucional.
El golpe militar se llevó a cabo e incrementaría la debilidad del gobierno en el momento delicado de la amenaza norteamericana. El régimen militar fue incapaz de hacer frente a la invasión norteamericana, lo que hizo fracasar también el objetivo monarquista. La pérdida de la mitad del territorio produjo una amargura general y convenció a Alamán de la urgencia de un cambio de sistema político. Entre 1846 y 1848 parece haber madurado las ideas que lo llevaron a fundar El Universal y a participar en las elecciones. Para 1853, Alamán, ya totalmente desilusionado, se declaraba enemigo de toda representación, y estuvo dispuesto a patrocinar el establecimiento de la dictadura de Antonio López de Santa Anna como antesala de una monarquía verdadera.
Los documentos incluidos en la antología pueden ofrecer claves para aclarar la transición del pensamiento alamanista que, todavía al tiempo de la polémica, parece haber favorecido un régimen constitucional. Esto plantea la cuestión de la influencia que pueda haber tenido en el ánimo de Alamán la polémica, ante la incapacidad conservadora para convencer a los liberales.
De todas formas, la antología y el análisis novedoso que ofrece Palti ilustran claramente la complejidad de los principios que se discutieron y permiten percibir que el proceso que siguió el pensamiento político mexicano distó de haber sido lineal, como lo ha pintado la historiografía oficial. Para los interesados en la historia de las ideas, sin duda el libro será una lectura obligada.